Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo de Ana Isabel Pérez y Martín Valmased

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo de Ana Isabel Pérez y Martín Valmased

30 de septiembre de 2021

Evangelio del domingo 3 de octubre y la reflexion de J. A. Pagola

 MATRIMONIOS ROTOS



En aquel tiempo se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús para ponerlo a prueba:

¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?

Él les replicó:

¿Qué os ha mandado Moisés?

Contestaron:

Moisés permitió divorciarse dándole a la mujer un acta

de repudio.

Jesús les dijo:

Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación, Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo.

Él les dijo:

Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.

Le presentaron unos niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:es mí; no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.

Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos

(Marcos 10,2- 16).

 

EN DEFENSA DE LA MUJER

Lo que más hacía sufrir a las mujeres en la Galilea de los años treinta del siglo I era su sometimiento total al varón dentro de la familia patriarcal. El esposo las podía incluso repudiar en cualquier momento abandonándolas a su suerte. Este derecho se basaba, según la tradición judía, nada menos que en la ley de Dios.

Los maestros discutían sobre los motivos que podían justificar la decisión del esposo. Mientras los doctos varones discutían, las mujeres no podían elevar su voz para defender sus derechos.

En algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús:<<¿Puede el hombre repudiar a su esposa?>>. Su respuesta desconcertó a todos.

Dios creó al varón y a la mujer para que fueran <<una sola carne>>. Los dos están llamados a compartir su amor, su intimidad y su vida entera, con igual dignidad y en comunión total. De ahí el grito de Jesús: <<Lo que ha unido Dios, que no lo separe el varón>> con su actitud machista.

Dios quiere una vida más digna, segura y estable para esas esposas sometidas y maltratadas por el varón en los hogares de galilea. En el mensaje de Jesús hay una predicación dirigida exclusivamente a los varones para que renuncien a su <<dureza de corazón>>.

¿Dónde se escucha hoy este mensaje?, ¿cuándo llama la Iglesia a los varones a esta conversión? ¿qué estamos haciendo los seguidores de Jesús para revisar y cambiar comportamientos, hábitos, costumbres y leyes que van claramente en contra de la voluntad original de Dios al crear al varón y a la mujer? 

ANTES DE SEPARARSE

Algunas parejas consideran que el amor es algo espontáneo. Si brota y permanece vivo, todo va bien. Si se enfría y desaparece, la convivencia resulta intolerable.

Entonces lo mejor es separarse <<de manera civilizada>>.

 

Hay también quienes han encontrado un amor fuera de su matrimonio y se sienten tan atraídos por esa nueva relación que no quieren renunciar a ella. No quieren perderse nada, ni su matrimonio ni ese amor extramatrimonial.

Las situaciones son muchas y, con frecuencia muy dolorosas. Niños tristes que sufren el desamor de sus padres.

Estas parejas no necesitan una <<receta>> para salir de esa situación. Sería demasiado fácil. Lo primero que le podemos ofrecer es respeto, escucha discreta, aliento para vivir y, tal vez, una palabra lúcida de orientación.

Lo primero es no renunciar al diálogo. Descubrir lo que no funciona. Poner nombre a tantos agravios mutuos que se han ido acumulando sin ser nunca elucidados. Si cada uno se encierra en una postura de egoísmo mezquino, el conflicto se agrava.

Cada día vivido juntos, cada alegría y cada sufrimiento compartidos, cada problema vivido en pareja, dan consistencia real al amor. La frase de Jesús:<<Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre>>, tiene sus exigencias mucho antes de que llegue la ruptura, pues las parejas se van separando poco a poco, en la vida de cada día.

 

SEPARADOS, PERO PADRES

 

Durante estos años he podido compartir de cerca el duro camino de la separación de esposos y esposas que un día se quisieron de verdad. Los he visto sufrir, dudar y también luchar por un amor ya desaparecido. Los he visto soportar los reproches, la incomprensión y el distanciamiento de quienes parecían sus amigos. Junto a ellos he visto también sufrir a sus hijos.

No es del todo cierto que la separación de los padres cause un trauma irreversible a los hijos. Lo que les hace daño es el desamor, la agresividad o el miedo que, a veces, acompaña a una separación cuando se realiza de forma poco humana.

Nunca se debería olvidar que los que se separan son los padres, no los hijos. Estos tienen derecho a seguir disfrutando de su padre y de su madre, juntos o separados y no tienen por qué sufrir su agresividad ni ser testigos de sus disputas y litigios.

Por eso mismo no han de ser coaccionados para que tomen partido por uno u otro. Tienen derecho a que sus padres mantengan ante ellos una postura digna y de mutuo respeto.

Los hijos tienen derecho además a que sus padres se reúnan para tratar de temas relativos a su educación y salud. La pareja no han de olvidar que, aun estando separados, siguen siendo padres de unos hijos que los necesitan.

Estos padres necesitan en más de una ocasión apoyo, compañía o ayuda que no siempre encuentran en su entorno, su familia, sus amigos o su comunidad cristiana.

ANTE LOS DIVORCIADOS

En general, los divorciados no se sienten comprendidos por la Iglesia ni por las comunidades cristianas. La mayoría solo percibe una dureza disciplinar que no llegan a entender. Abandonados a sus problemas y sin la ayuda que necesitarían, no encuentran en la Iglesia un lugar para ellos.

No se trata de poner en discusión la visión cristiana del matrimonio, sino de ser fieles a ese Jesús que al mismo tiempo que defiende el matrimonio, se acerca a todo hombre o mujer ofreciendo su comprensión y su gracia precisamente a quienes más las necesitan.

¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera evangélica?.

Antes que nada hemos de recordar que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente siguen siendo miembros de la Iglesia. No están excomulgados; no han sido expulsados de la Iglesia.

El mismo Juan Pablo II exhorta a los responsables de la comunidad cristiana a <<que ayuden a los divorciados cuidando, con caridad solícita, que no se sientan separados de la Iglesia.

Es injusto que una comprensión estrecha de la disciplina de la Iglesia y un rigorismo que tiene poco que ver con el Espíritu de Jesús nos lleven a marginar y abandonar incluso a personas que se esforzaron sinceramente por salvar su primer matrimonio.

En cualquier caso, a los divorciados que os sintáis creyentes solo os quiero recordar una cosa: Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo que todo lo que podáis ver en nosotros, los cristianos, o en los hombres de Iglesia. Dios es Dios. Cuando nosotros no os comprendemos, él os comprende. Confiad siempre en él.


ANTE LOS MATRIMONIOS ROTOS

 

Antes que nada hemos de entender con más serenidad la posición de la Iglesia ante el divorcio, y ver con espíritu evangélico que la defensa de su doctrina sobre el matrimonio no ha de impedir nunca una postura de comprensión, acogida y ayuda.

Cuando la Iglesia defiende la indisolubilidad del matrimonio y prohíbe el divorcio, esto no significa que necesariamente hayamos de considerar como negativo todo lo que los divorciados viven en esa unión no sacramental. En muchos de ellos hay amor auténtico, fidelidad, entrega generosa a sus hijos, preocupados por su educación. Los cristianos no podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que realmente existió.

¿Quiénes somos nosotros para considerarlos indignos de nuestra acogida y nuestra comprensión? Las palabras de Jesús: <<Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre>>, nos invitan a defender la exigencia de fidelidad que se encierra en el matrimonio. Pero esas mismas palabras, ¿no nos invitan también de alguna manera a no introducir una separación y una marginación de esos hermanos y hermanas que sufren las consecuencias de su fracaso matrimonial?

 

José Antonio Pagola