Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

13 de noviembre de 2020

Palabras a Voleo: Cambio

Palabras a Voleo

Inmovilismo,
  repetición, involución,  evolución, revolución….
Repasen estas palabras y piensen con cuál de ellas se encuentran ustedes más a gusto.
Antes tendríamos que reconocer con los científicos de hoy que una de estas palabras no existe en la realidad: la primera expresión, el inmovilismo.
 
  Lo decía hace mucho tiempo un tal Heráclito de Éfeso, cinco siglos antes de que apareciera por esa misma ciudad Pablo de Tarso. El tal Heráclito para presumir que sabía idiomas lo dijo en griego, el único que sabía. Y así dijo “panta reí,  o sea: todo corre, todo fluye, todo cambia”… Dijo más: “y nada se está quieto”, nada permanece.

Pero en aquellos tiempos, como hoy, han existido personas que no se lo han creído y se han mantenido en su postura inmovilista. Las cosas son como son y punto. No les atraían mucho los

Cambios


Claro, una cosas son los filósofos y otra cosa la vida de cada día. Desde aquellos tiempos remotos, a los que se encontraban muy seguros en la vida, con su lujosa vivienda y esclavos que les servían… a esos no les interesaban mucho los cambios.  En cambio los muertos de hambre, de frío o de codicia se movían inquietos y decían que si no corre todo, por lo menos tiene que correr, hay que cambiarlo.

Para que todo corriera ellos se revolvían en los campos y ciudades,   inventando nuevos modos de vivir a gusto, haciendo negocios, o política, o guerras y asaltos para que todo corriera a su favor.
Y quieras que no, la vida fue cambiando, corriendo hasta

 Hoy parece   que domina el cambio en este mundo y en el universo.  Hay grandes defensores del todo corre, que intentan transformar la realidad aunque también existen los defensores del no te muevas que es peor.
 Decíamos al principio que los sabios modernos no creen en el inmovilismo.  
 
La ciencia actual  asegura que aunque una persona aparezca como estatua,  sin moverse, todo su organismo, las moléculas, los átomos, las partículas subatómicas, de las que hoy se conoce más, están - algunos dicen- perpetuamente danzando. Así dicen. Y no solamente personas y seres vivos sino todo lo existente.

Nada se está quieto, al menos en el “micromundo”, en lo inmensamente pequeño de que están formados todos los seres.
Pero reconozcamos también que a simple vista, sin microscopio ni una vulgar lupa, hay seres inmóviles y, peor, seres con freno y marcha atrás, que tienden a in-volucionar y a buscar el modo de avanzar hacia atrás. 

Esto es cosa, no sólo de los cangrejos, que son especialistas en ello, sino de mucha gente acangrejada
que dedica toda su vida a mirar hacia atrás y a decir “en mis tiempos…” Sus tiempos, claro,   son los de “entonces” y así desconfían de quien se les pone delante y les señala al horizonte, camino a un futuro distinto.

Existe otro tipo de seres que practican un inmovilismo semoviente, es decir que se repiten y se repiten.  

En nuestra infancia todos hemos usado la repetición para aprender: poesías, oraciones,
cantos, los ríos y los montes de nuestro país…
 ¡La de  pasos adelante que hemos dado en  el aprendizaje repitiendo y repitiendo  palabras que no entendíamos, pero que  tiempo después nos fueron de gran utilidad!. Gracias a esas repeticiones empezamos a evolucionar, a cambiar, a avanzar en la vida. 

Pero,  en cambio, hay personas que repiten siempre lo mismo sin reflexión y sin hacer nada nuevo.

Y así más o menos estamos hoy en todos   los movimientos e inmovilismos de nuestra historia presente. Unos intentando avanzar hacia el futuro, otros procurando que todo se mantenga igual , repitiendo lo de siempre y  queriendo volver a costumbres pasadas.
Estas ideas   podemos aplicarlas a nuestra realidad histórica y a nuestra realidad espiritual.

El hoy del  tiempo actual “El mundo sigue girando”, dice una vieja canción. Pero a cada vuelta que da, muchas cosas ya han cambiado, aunque Julio Iglesias diga que “la vida sigue igual”.

Observemos lo que lentamente se transforma en la tierra y lo que a veces, como en una explosión, parece producirse un cambio brusco. Estamos hablando de evolución y de revolución.

 Les encontró de sorpresa la revolución a los franceses en el siglo XVIII que fue hundiendo monarquías y floreciendo repúblicas.

En el siglo XX una nueva revolución que con mayor o menor acierto aún está haciendo tambalearse democracias capitalistas y abriendo puertas a algo con distintos rostros, que puede llamarse socialismo(s); mejor en plural.

Dicen que en estos tiempos ya en el siglo XXI otro nuevo cambio   está transformando la conciencia de las personas. Las tradiciones y mitos de años y siglos pasados, filtradas en   la mente de los individuos, empiezan a ser puestas en duda, superadas por   

una nueva consciencia que va cambiando del ego individual, del yo aislante, a una visión del  Yo universal, que lo abarca todo y nos hace vivir la  unidad   en el universo.
Toda revolución ha nacido de una evolución y se ha quedado ahí con frecuencia. A veces se ha detenido y, como decíamos: freno y marcha atrás.  El proceso se ha convertido en retroceso, en involución: “En mis tiempos no se hacía así”- dicen muchos -. Pero ahí sigue el cambio de las conciencias humanas que se van iluminando.

El hoy de lo religioso-
Contando con que muchos lectores de este blog tienen relación con cierta espiritualidad, ahora es ocasión de observar cuál es la actitud de las personas religiosas frente al cambió.
Quienes hemos vivido hacia la última mitad del siglo XX, nos inquieta el recuerdo de aquella gran asamblea que intentó cambiar las expresiones religiosas. Ya saben: el llamado concilio Vaticano II.
  
Un gran número de quienes entonces eran o se sentían jóvenes miró aquello como un paso de gigante hacia el cambio en la Iglesia. Y eso que quien empezó el invento tenía 77años cuando acababa de ser elegido Papa con el nombre de Juan XXIII.

Pero a poco de terminar el concilio, en 1965,   estaban agazapados quienes se asustaban con los peligros de esos cambios en  los documentos que la mayor parte  de obispos había firmado.   Empezó
el freno y la marcha atrás. Se hizo callar a teólogos que habían animado los diálogos conciliares.  Ocuparon los despachos del Vaticano personas que se habían resistido a los procesos de aquella asamblea.   Aparecieron por las logias (las galerías del palacio papal, personas con prejuicios frene a las transformaciones  que se iban dando.

¿Es bueno que la Iglesia cambie? O la iglesia de Jesús tiene que seguir siempre igual, siempre igual… ¿Siempre igual a qué? ¿a lo que se vivió cuando ellos se veían jóvenes e influyentes?

No sólo los concilios han servido para cambiar la historia de la Iglesia. Después de una asamblea primera en Jerusalén en el año 50, con algunos de los apóstoles aún presentes, a lo largo de la historia ha habido 21 concilios en diversas ciudades en el entorno de Grecia y Roma. Algunas de esas asambleas dieron pasos adelante para ajustar la historia a los tempos de entonces. Otras se resistieron a los cambios.

Pero, cuando parecía que la Iglesia miraba hacia atrás y se resistía a las nuevas pistas de ese último concilio, de repente sale elegido un papa venido del sur y todo se vuelve a tambalear para disgusto   de algunos en las oficinas romanas.
Unos años antes había aparecido entre los cardenales elegidos, un papa sonriente,   con grandes anhelos de renovación. Juan Pablo I. Duró poco más de un mes. Desapareció o lo desaparecieron.  La cuestión está todavía en estudio.

Hay quien dice que el Espíritu Santo es como un viento suave pero fuerte. Se empeñó en soplar   y al fin apareció es tal Francisco a bordo de un carrito utilitario, hablando de hacer una iglesia también utilitaria, como un hospital de campaña, corriendo a
la periferia  y entrando en la cárcel a besar los pies de los presos, algún islamista incluido.

Los que vamos a la eucaristía, ya sea a celebrarla o a… a “oír” misa (no digan nunca eso) no saben, no sabemos ahora qué hacer. Los llamados presbíteros, monseñores o eminencias ya no saben cómo vestirse, como hablar, cómo organizarse y empiezan a verse extraños con ese sombrero puntiagudo que cuesta hacer desaparecer.

Pero sobre todo sienten, sentimos los “clérigos” y los “católicos de toda la vida” que este papa se nos va de las manos, conmueve y remueve nuestra inmovilidad.

Empezamos a preguntarnos, copiando a aquel Heráclito de hace 2.500 años, si   ya es hora de que todo corra, de que todos corramos a escuchar las frases del campesino galileo: dalo a los pobres, ven y sígueme. Eso es demasiado, parece, pero también parece que no hay más remedio.
Que ya está bien de resistirse al cambio.

Que ya basta de quedarse sentados tranquilamente en la banca del templo sin asomarse a la periferia, al barranco, al hospital, al corazón angustiado de cualquier prójimo.  

Que si queremos vivir como seguidores de Jesús,  junto al  Francisco ese  de las tierras del sur, no tenemos más remedio que… no tenerle miedo al cambio...


Martín Valmaseda, sm